lunes, diciembre 07, 2020

Cuando los valores son tu mejor legado

El martes pasado falleció mi papá. Hay quienes lo conocieron, otros -quizás por referencia- y otros que no. Y no sólo se fue un hombre que tenía una mente privilegiada. Se trata de una persona que continuamente leía, que estudiaba y que tenía un altísimo nivel cultural.  Tal vez piensen que este comentario responde al hecho de que soy la hija, y la verdad es que no. Quienes lo conocieron puedan dar fe de todo lo digo.

Lo bueno es que muchos de estos comentarios que hacían colegas suyos, se los pude trasmitir en mi vida. Comentarios como: “tu papá es una de las mentes más brillantes que conocí”, o “tu papá dio la mejor exposición oral que escuché en mi vida” o “la mente de tu papá es única”. Comentarios así siempre estaban a la orden del día. Lo que para un hijo o hija no es poco. Al contrario, es mucho.

Pero dejando de lado ese aspecto, mi papá era una persona excepcional por otra cosa: tenía valores, grandes valores. Era honesto, hiper generoso y muy compasivo. Y atento, muy atento. Frases como “no se le pega al que está caído” o “no hay que burlarse del más débil” eran frecuentes. Y siempre me enseñó compasión por el más débil, lo que para un hijo o hija no es poco. Al contrario, es mucho.

Y yo tuve la suerte de ver muchísimos de esos ejemplos. Lo que repito: para un hijo o una hija no es poco. Al contrario, es mucho. No eran palabras vacías o discursos armados. Se trataba de actos concretos: algunos grandes y otros, más pequeños. Pero, en definitiva, yo tuve la suerte de ser la hija de Roibón, un hombre que además de su enorme inteligencia, era coherente con lo que enseñaba. ¡Gracias papá!

jueves, marzo 26, 2020

Esperanza


Hay un grito de libertad en el gatillo del que jala tu ausencia,
una puerta de cristal nos separa para enseñarnos la fuerza de esta guerra,
una palabra amiga que se resbala desde el fondo del espejo,
y pudo soñar de nuevo que estamos venciendo

lunes, marzo 23, 2020

Amelia (dedicado a todas las heroínas anónimas que se encuentran en cuarentena)


Existía un dejo de libertad en su estructura, en su dejarse ir. Apenas la nostalgia la embriagaba como embriagan los perfumes fuertes, se aferraba casi con locura a aquel recuerdo que nunca la abandonaría. Amelia era así. Distante, indiferente, apacible, demasiado sensible para algunas cuestiones, demasiado filosa para otras. A veces incomprendida, otras admirada. Pero nunca jamás ajena. Entendía el arte de esconderse más allá de los espejos, de esconder su voz, esa voz tan perfecta y tan pequeña. Amelia no comprendía mucho a quienes la rodeaban. Su destino se había convertido en una cárcel de pétalos perfumados y de dardos que se clavan al final del ocaso. Escribir detrás de la ventana como quien espera que pase una pandemia; he ahí su máxima revolución. Sobrevivir la cuarentena era casi una obligación. Pero a veces los finales felices no vienen con los mejores cuentos. El desenlace incierto de este relato nos lleva a preguntarnos: ¿si Amelia superó el aislamiento? Quizás en semanas o meses tengamos alguna respuesta. Por ahora, brindemos por Amelia y por todas las mujeres que sobrellevan la cuarentena de la mejor manera.

martes, enero 21, 2020

Despedida


Ave que avanza a través de la desidia de sus propias plumas,
estrecha el ala que te acongoja,
entonces levanta vuelto para volverse muda,
enterrando sus garras en donde dejaron de latir tus versos.
Así, mi amor, te despido, desde el lejano trino de la ausencia,
adonde fueron a parar mis llantos
cuando aún te creía entero.

lunes, enero 20, 2020

Obesidad


I
A contrasol, una herida se ensancha hasta acabar ocupando toda la página en blanco. Son mis letras, lágrimas que esperan la redención del ocaso.

II
Una niña cubre todos los espacios.
El norte de mi vida se va en un pequeño barco.
En esta fiesta de jíbaros, nadie tenía manos.

III
Su cuerpo tan grande como el mío se rinde ante el fracaso.

IV
Y papadas y colgajos se balancean junto a los confetis.
Y puedo soñar de nuevo que soy la mitad de antaño.

V
El humor de saberse enorme hace de mi un tajo.
Y entiendo que el desborde me devora
como un pedazo de carne.

VI
Pido aplausos. Empiezo de nuevo a escribir mi historia.
Espero que esta vez escondamos a la gorda en el armario.

La envidia

 Y la envidia se vistió de mujer oscura, se maquillo los parpados, se miro en el espejo, Se ajusto los botones de un traje viejo y raído, ...